El Secretario General de las Naciones, António Guterres, lanza un mensaje que llama a la unidad y a la solidaridad para superar la pandemia del coronavirus.

Estamos ante una crisis sanitaria mundial nunca vista en los 75 años de historia de las Naciones Unidas, que está propagando el sufrimiento humano, infectando la economía mundial y trastocando la vida de la gente.

La creatividad de la respuesta debe estar a la altura de la naturaleza única de la crisis, y la magnitud de la respuesta debe estar a la altura de su escala.
Nuestro mundo se enfrenta a un enemigo común: estamos en guerra con un virus.

Luchemos en tres frentes de acción: hacer frente a la emergencia sanitaria, centrarnos en el impacto social y la recuperación económica, y hacer porque la recuperación cumpla con nuestros Objetivos de Desarrollo Sostenible.

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Estamos ante una crisis sanitaria mundial nunca vista en los 75 años de historia de las Naciones Unidas, que está propagando el sufrimiento humano, infectando la economía mundial y trastocando la vida de la gente.

Es casi seguro que se produzca una recesión mundial, quizás también sin precedentes.

La Organización Internacional del Trabajo acaba de informar de que, para finales de este año, los trabajadores de todo el mundo podrían perder hasta 3,4 billones de dólares de los Estados Unidos en ingresos.

Se trata, sobre todo, de una crisis humana que requiere solidaridad.

Nuestra familia humana está estresada y el tejido social se está rasgando. La gente está sufriendo, enferma y asustada.

Las respuestas actuales a nivel nacional no tienen en cuenta la escala mundial ni la complejidad de la crisis.

Lo que se necesita en este momento es la acción política coordinada, decisiva e innovadora de las principales economías del mundo. Debemos reconocer que los más afectados serán los países más pobres y los más vulnerables, especialmente las mujeres.

Celebro la decisión de los líderes del G20 de convocar una cumbre de emergencia la semana próxima para responder a las colosales dificultades que plantea la pandemia de COVID-19, y espero con interés participar en ella.

La idea central que quiero transmitir es clara: estamos en una situación sin precedentes y ya no se aplican las reglas de siempre. No podemos recurrir a las herramientas usuales en tiempos tan inusuales.

La creatividad de la respuesta debe estar a la altura de la naturaleza única de la crisis, y la magnitud de la respuesta debe estar a la altura de su escala.

Nuestro mundo se enfrenta a un enemigo común: estamos en guerra con un virus.

La COVID-19 está matando gente, además de atacar el núcleo de la economía real: el comercio, las cadenas de suministro, los negocios, los puestos de trabajo. Hay ciudades y países enteros en confinamiento. Se están cerrando fronteras. Las empresas están tratando a duras penas de seguir abiertas, y las familias, de mantenerse a flote.

Pero, en la gestión de esta crisis también tenemos una oportunidad única.

Si se gestiona bien la crisis, podemos hacer que la recuperación tome una dirección más sostenible e inclusiva. Por el contrario, la mala coordinación de las políticas podría fijar —e incluso empeorar— desigualdades que ya son insostenibles, lo que anularía los logros del desarrollo y la reducción de la pobreza que tanto costó alcanzar.

Llamo a los líderes mundiales a que aúnen esfuerzos y den una respuesta urgente y coordinada a esta crisis mundial.

Veo tres áreas decisivas para la acción:

En primer lugar, hacer frente a la emergencia sanitaria.

Muchos países ya no tienen capacidad para atender siquiera los casos más leves en centros de salud especializados, y muchos de ellos no pueden responder a las enormes necesidades de las personas mayores.

Ni siquiera en los países más ricos dan abasto los sistemas de salud, debido a la presión a la que se han visto sometidos.

El gasto en salud debe incrementarse de inmediato para satisfacer las necesidades urgentes y el aumento de la demanda —ampliar la cobertura de las pruebas de detección, reforzar las instalaciones, retribuir a los trabajadores de la salud y garantizar la suficiencia de suministros—, respetando plenamente los derechos humanos y evitando el estigma.

Se ha demostrado que es posible contener el virus, y es imperioso hacerlo.

Si dejásemos que se propagara como reguero de pólvora, sobre todo en las regiones más vulnerables del mundo, mataría a millones de personas.

Y sin más demora tenemos que dejar de adoptar estrategias sanitarias a escala nacional, cada país por su cuenta, y en cambio garantizar, con total transparencia, una respuesta mundial coordinada, en la que también se ayude a los países menos preparados para hacer frente a la crisis.

Los Gobiernos deben dar el más firme apoyo a la labor multilateral contra el virus, encabezada por la Organización Mundial de la Salud, cuyos llamamientos deben cumplirse sin excepciones.

La catástrofe sanitaria demuestra que somos igual de fuertes que el sistema de salud más débil.

La solidaridad mundial no es solo un imperativo moral: es por el bien de todos.

En segundo lugar, debemos centrarnos en el impacto social y en la respuesta y la recuparación económicas.

A diferencia de lo que ocurrió en la crisis financiera de 2008, la respuesta en este caso no radica en inyectar capital solamente en el sector financiero. Esta vez no se trata de una crisis bancaria; y de hecho, los bancos deben ser parte de la solución.

Tampoco se trata de una sacudida habitual en la oferta y la demanda: se trata de una conmoción para la sociedad en su conjunto.

Hay que garantizar la liquidez del sistema financiero, y los bancos deben aprovechar su resiliencia para brindar apoyo a sus clientes.

No nos olvidemos de que esencialmente estamos ante una crisis humana.

Lo más importante es que nos centremos en la gente: los trabajadores que perciben salarios bajos, las pequeñas y medianas empresas y los más vulnerables.

Eso significa que hay que dar apoyo salarial, seguro y protección social, para prevenir las quiebras y la pérdida de puestos de trabajo.

También significa que hay que idear respuestas fiscales y monetarias para que el peso no recaiga en quienes menos recursos tienen.

La recuperación no debe darse a expensas de los más pobres, y no podemos crear una legión de nuevos pobres.

Tenemos que hacer llegar los recursos directamente a la gente. Varios países están adoptando iniciativas de protección social, como las transferencias en efectivo y el ingreso universal.

Tenemos que dar un paso más y asegurarnos de que el apoyo llegue a quienes dependen totalmente de la economía informal y a los países que tienen menos capacidad de responder.

Las remesas son vitales en el mundo en desarrollo, especialmente ahora. Algunos países ya se han comprometido a reducir las comisiones de las remesas al 3 %, muy por debajo de los niveles medios actuales. La crisis exige que vayamos más allá y nos acerquemos lo más posible a cero.

Además, los líderes del G20 han tomado medidas para proteger a la ciudadanía y la economía de sus respectivos países renunciando al cobro de intereses. Debemos aplicar esa misma lógica a los países más vulnerables de nuestra aldea global y aliviar la carga de su deuda.

En general, es preciso que se garanticen servicios financieros adecuados para ayudar a los países en dificultades. El FMI, el Banco Mundial y otras instituciones financieras internacionales tienen un papel clave en este sentido.  El sector privado es esencial para la búsqueda de oportunidades creativas de inversión y la protección de puestos de trabajo.

Y no debemos ceder a la tentación de recurrir al proteccionismo. Ahora es cuando tenemos que derribar las barreras comerciales y restablecer las cadenas de suministro.

Si miramos el panorama más amplio, las disrupciones en la sociedad están teniendo un impacto profundo.

Debemos responder a los efectos que tiene esta crisis en las mujeres. Las mujeres del mundo llevan la carga de manera desproporcionada en el hogar y en la economía en general.

Los niños también están pagando un precio caro. En este momento, más de 800 millones de niños no están yendo a la escuela, que es donde muchos de ellos reciben la única comida del día. Debemos asegurarnos de que todos los niños tengan alimentos y acceso la enseñanza en condiciones de igualdad, reduciendo la brecha digital y los costos de la conectividad.

Ahora que las personas tienen que aislarse y su vida se trastorna y se vuelve caótica, debemos evitar que esta pandemia se convierta en una crisis de salud mental. Y los jóvenes serán los que corran más riesgo.

El mundo tiene que seguir prestando apoyo básico a los programas para los más vulnerables, por ejemplo a través de los planes de respuesta humanitaria y para refugiados que coordinan las Naciones Unidas. No deben sacrificarse las necesidades humanitarias.

En tercer y último lugar, tenemos la responsabilidad de “recuperarnos mejor”.

La crisis financiera de 2008 demostró sin lugar a dudas que los países cuyos sistemas de protección social eran sólidos fueron los que menos consecuencias padecieron y los que se recuperaron más rápidamente.

Debemos asegurarnos de que se aprendan las lecciones y de que esta crisis sea un hito en lo que respecta a la preparación para las emergencias sanitarias y a la inversión en los servicios públicos esenciales del siglo XXI y la provisión efectiva de bienes públicos mundiales.

Tenemos un marco de acción para eso: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y el Acuerdo de París sobre el cambio climático. Debemos cumplir nuestras promesas por la gente y el planeta.

Las Naciones Unidas, y nuestra red mundial de oficinas en los países, apoyarán a todos los Gobiernos para que la economía mundial y las personas para las que trabajamos salgan fortalecidas de esta crisis. Esa es la lógica del Decenio de Acción para cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Hoy más que nunca necesitamos solidaridad, esperanza y voluntad política para superar esta crisis juntos.

Muchas gracias.

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“This is, above all, a human crisis that calls for solidarity”

19 March 2020 – We are facing a global health crisis unlike any in the 75-year history of the United Nations — one that is spreading human suffering, infecting the global economy and upending people’s lives.

A global recession – perhaps of record dimensions – is a near certainty.

The International Labour Organization has just reported that workers around the world could lose as much as 3.4 trillion U.S. dollars in income by the end of this year.

This is, above all, a human crisis that calls for solidarity.

Our human family is stressed and the social fabric is being torn.  People are suffering, sick and scared.

Current responses at the country level will not address the global scale and complexity of the crisis.

This is a moment that demands coordinated, decisive, and innovative policy action from the world’s leading economies.   We must recognize that the poorest countries and most vulnerable — especially women — will be the hardest hit.

I welcome the decision by G20 leaders to convene an emergency summit next week to respond to the epic challenges posed by the COVID-19 pandemic – and I look forward to taking part.

My central message is clear:  We are in an unprecedented situation and the normal rules no longer apply.  We cannot resort to the usual tools in such unusual times.

The creativity of the response must match the unique nature of the crisis – and the magnitude of the response must match its scale.

Our world faces a common enemy.  We are at war with a virus.

COVID-19 is killing people, as well as attacking the real economy at its core – trade, supply chains, businesses, jobs.  Entire countries and cities are in lockdown.  Borders are closing.  Companies are struggling to stay in business and families are simply struggling to stay afloat.

In managing this crisis, we also have a unique opportunity.

Done right, we can steer the recovery toward a more sustainable and inclusive path.  But poorly coordinated policies risk locking in — or even worsening — already unsustainable inequalities, reversing hard-won development gains and poverty reduction.

 

 

I call on world leaders to come together and offer an urgent and coordinated response to this global crisis.

I see three critical areas for action:

First, tackling the health emergency.

Many countries have exceeded the capacity to care for even mild cases in dedicated health facilities, with many unable to respond to the enormous needs of the elderly.

Even in the wealthiest countries, we see health systems buckling under pressure.

Health spending must be scaled up right away to meet urgent needs and the surge in demand — expanding testing, bolstering facilities, supporting health care workers, and ensuring adequate supplies – with full respect for human rights and without stigma.

It has been proven that the virus can be contained.  It must be contained.

If we let the virus spread like wildfire – especially in the most vulnerable regions of the world — it would kill millions of people.

And we need to immediately move away from a situation where each country is undertaking its own health strategies to one that ensures, in full transparency, a coordinated global response, including helping countries that are less prepared to tackle the crisis.

Governments must give the strongest support to the multilateral effort to fight the virus, led by the World Health Organization, whose appeals must be fully met.

The health catastrophe makes clear that we are only as strong as the weakest health system.

Global solidarity is not only a moral imperative, it is in everyone’s interests.

Second, we must focus on the social impact and the economic response and recovery.

Unlike the 2008 financial crisis, injecting capital in the financial sector alone is not the answer.  This is not a banking crisis – indeed banks must be part of the solution.

And it is not an ordinary shock in supply and demand; it is a shock to society as a whole.

The liquidity of the financial system must be guaranteed, and banks must use their resilience to support their customers.

Let’s not forget this is essentially a human crisis.

Most fundamentally, we need to focus on people — the most vulnerable, low-wage workers, small and medium enterprises.

That means wage support, insurance, social protection, preventing bankruptcies and job loss.

That also means designing fiscal and monetary responses to ensure that the burden does not fall on those who can least afford it.

The recovery must not come on the backs of the poorest – and we cannot create a legion of new poor.

We need to get resources directly in the hands of people.  A number of countries are taking up social protection initiatives such as cash transfers and universal income.

We need to take it to the next level to ensure support reaches those entirely dependent on the informal economy and countries less able to respond.

Remittances are a lifeline in the developing world – especially now.  Countries have already committed to reduce remittance fees to 3 percent, much below the current average levels.  The crisis requires us to go further, getting as close to zero as possible.

In addition, G20 leaders have taken steps to protect their own citizens and economies by waiving interest payments.  We must apply that same logic to the most vulnerable countries in our global village and alleviate their debt burden.

Across the board, we need a commitment to ensure adequate financial facilities to support countries in difficulties.  The IMF, the World Bank and other International Financial Institutions play a key role.

And we must refrain from the temptation of resorting to protectionism.  This is the time to dismantle trade barriers and re-establish supply chains.

Looking at the broader picture, disruptions to society are having a profound impact.

We must address the effects of this crisis on women.  The world’s women are disproportionally carrying the burden at home and in the wider economy.

Children are also paying a heavy price.  More than 800 million children are out of school right now — many of whom rely on school to provide their only meal.  We must ensure that all children have access to food and equal access to learning – bridging the digital divide and reducing the costs of connectivity.

As people’s lives are disrupted, isolated and upturned, we must prevent this pandemic from turning into a crisis of mental health.  Young people will be most at risk.

The world needs to keep going with core support to programs for the most vulnerable, including through UN-coordinated humanitarian and refugee response plans.  Humanitarian needs must not be sacrificed.

Third, and finally, we have a responsibility to “recover better.”

The 2008 financial crisis demonstrated clearly that countries with robust social protection systems suffered the least and recovered most quickly from its impact.

We must ensure that lessons are learned and that this crisis provides a watershed moment for health emergency preparedness and for investment in critical 21st century public services and the effective delivery of global public goods.

We have a framework for action – the 2030 Agenda for Sustainable Development and the Paris Agreement on Climate Change.  We must keep our promises for people and planet.

The United Nations – and our global network of country offices — will support all governments to ensure that the global economy and the people we serve emerge stronger from this crisis.

That is the logic of the Decade of Action to deliver the Sustainable Development Goals.

More than ever before, we need solidarity, hope and the political will to see this crisis through together.

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